Conquístame si puedes - Prólogo y Capítulo 1

octubre 04, 2016 Lighling Tucker 17 Comments

Esta novela tiene todos los derechos reservados. Gracias. 

Prólogo:

Mi nombre es Hellen, pero los últimos años me han llamado Lady Hellen. Reina, madre, suegra y abuela he sido a lo largo de estos últimos cuarenta años. He gobernado tratando de alternar la mano dura con el corazón, he amado cada vasallo como a mis propios hijos y he buscado ayudar cuanto estaba en mis manos.
Ahora, ya mayor, me doy cuenta que toda una vida se escapa tras de mí. Ha sido demasiado rápido, la vida ha pasado tan veloz que apenas puedo darme cuenta. Es como si ayer hubiera sido una niña traviesa alterando a mi padre y hoy una reina a punto de suceder el trono.
Sí, mi mandato se acaba.
Mi reino pasa a manos de mi hijo Aidan, mi primogénito y orgullo. Su historia no es una muy usual pero él nunca ha sido corriente; marcó un antes y un después el mismo día de su nacimiento. Sin embargo, sólo tengo buenas palabras con él… pero claro, es mi hijo.
Mi amado esposo comienza a decaer y sus preocupaciones para con el reino aumentan, no sólo ha sido un buen gobernante sino que ha sido un buen amigo para cada uno de los ciudadanos de este pueblo. Ahora, viendo sus fuerzas mermar, ha comenzado a pensar en el porvenir del reino. Él desea dejar el trono a mi segundo hijo …. Pero yo creo que mi primogénito puede hacer bien el papel de rey.
Únicamente necesita un empujón y sabe Dios que haría cualquier cosa por mis hijos. Así bien, a expensas de lo que opine mi esposo he decidido que voy a pedir ayuda a mis amigas las brujas.
Cierto que en otros pueblos todo aquel que es considerado bruja sufre una muerte horrible a manos del fuego pero en este reino somos distintos. Hemos aprendido que su magia puede ayudarnos a prosperar.
¿Por qué os cuento todo esto? Pues porque no sé qué resultará de esto y si mi futura nuera será lo que necesita este reino. Lo único que sé es que espero que mi hijo sea amado como se merece.
Firmado
LADY HELLEN MARIE CLAIRE FORTHWIND.

Lady Hellen acabó de leer la carta que se había escrito hacía quince años, sonrió al pensar en todo lo que vino después, en la gran aventura que supuso su nuera. Ella había sido distinta a todo lo esperado y había llenado el castillo de locura y amor a partes iguales.
-Querido, no aprobabas mi relación con las brujas pero debes reconocer que me salió bien. –sonrió mirando la cruz que coronaba la tumba de su amado Henry.
Él había sido el amor de su vida y jamás otro llenaría ese espacio.
-Todo está bien en el Castillo. Tus hijos pequeños comienzan a madurar y Aidan y Lisel…-hizo una pequeña pausa pensando en ellos. –ya sabes cómo son. No han cambiado mucho en estos últimos años.
El silencio la abrazó, ya sabía que su amado se había ido hacía algún tiempo pero le reconfortaba ir a hablar con él a su tumba, contarle todo lo que pasaba… todo lo que se estaba perdiendo. Se había vuelto más fuerte con el paso de los años pero aún su corazón se sobrecogía pensando en su esposo, lo extrañaba tanto.
Besó la yema de sus dedos y, como si de una paloma mensajera se tratara, lo depositó en la cruz que cuidaba de Henry.
-Vendré pronto querido, no te pongas demasiado cómodo.
Se levantó y vio al lacayo que la cuidaba, ambos volvieron al castillo. Esperaba volver a sus aposentos y prepararse un baño donde volcar toda su añoranza. Al entrar por las puertas de lo que era su hogar todo el mundo la reconoció.
-Reina Madre. –la saludaban.
Necesitó tomar aire profundamente para no salir corriendo de allí, todos sabían de dónde venía y se compadecían de ella. Aquellas miradas de pena le hicieron sentir pequeña y sintió la necesidad de desaparecer.
Una vez en el castillo tomó paso ligero a sus aposentos pero dos pequeñas criaturas la tomaron de rehén.
-¡Abuela! –cantaron al unísono.
Sus preciosas nietas, tan idénticas como dos gotas de agua. Las pequeñas habían revolucionado el castillo tal y como su madre había hecho en su llegada. Eran parecidas a su padre, poseían sus ojos y sus labios pero el carácter era el de su madre. Eran un soplo de aire fresco.
Sus cabellos largos eran del mismo tono pelirrojo que su padre, al igual que sus hermosos y grandes ojos azules. Eran tan hermosas que su padre ya comenzaba a temer el día en que se hicieran dos preciosas jovencitas.
-Mis niñas. –les dijo dándole un beso a cada una.
-Prometiste un cuento. –le recordó Elaia.
Ella había sido la primera en nacer, era más calmada que su hermana menor y más cariñosa. Cuando había sido más pequeña no se había separado de los brazos de su madre, nadie podía tocarla.
-Sí, el de mamá y papá. –siguió Izar.
Cierto, les había prometido explicar cómo se habían conocido sus padres. Llevaban pidiéndolo años y ya había llegado el momento. Al día siguiente iban a cumplir ocho años, así pues, Hellen les había prometido que el cuento de aquella noche iba a ser el más especial de todos.
-Id a la cama y empezaremos con el cuento, mis pequeñas.
No sabía si estaba preparada para explicar aquella historia, la realidad que su padre suponía en todo aquello o la procedencia de su madre. Iba a ser extraño hablar de todo aquello pero sus preciadas niñas iban a tener la historia que tanto querían escuchar.
Fue a sus aposentos a ponerse ropa de cama, sentía la risa de las pequeñas en los aposentos que tenía a su lado. Sus niñas jugaban con su madre Lisel mientras trataba de acostarlas. Sino la ayudaba iba a volverse loca con aquellas pequeñas diabluras.
Al entrar, encontró a su nuera cargando con una niña en la espalda y la otra en sus brazos, intentaba meterlas en la cama pero ellas se escurrían de las manos de su madre.
-¡Abuela! –gritaron al unísono al verla.
Vio como Lisel suspiraba de alivio y sintió compasión, era difícil cuidar de dos pequeñas de la misma edad.
Ambas corrieron a la cama y se taparon con una de las mantas hasta el pecho bajo la mirada atónita de su madre. Esta dio unos leves aspavientos y miró directa a Hellen, ella le sonrió y fue como si comprendiera los motivos.
-¿Hoy es el día?
-Sí, van a saberlo todo.
Vio como palidecía unos segundos antes de darse la vuelta para mirar a sus pequeñas y besar en la frente a sus niñas.
-Escuchéis lo que escuchéis fue hace mucho tiempo. Yo os quiero mucho a vosotras y a vuestro padre. Eso nada lo va a cambiar.
Luego, le dedicó una mirada cómplice a su suegra y alzó una ceja.
-Buena suerte.
-Gracias.
Cuando quedaron las tres solas Hellen caminó hasta la cama, ambas hermanas compartían una gigantesca cama donde podían perderse si querían. Allí bajo montañas de mantas asomaban los rizos de sus princesitas. Se tumbó en medio de las dos y las tomó entre sus brazos.
-Bien niñas, empiezo. Hace quince años…

Capítulo 1:

-¿Casar a Aidan? ¿Has enloquecido mujer? –la voz sorprendida de su esposo no la tomó por sorpresa.
Comprendía los motivos por los cuales no le parecía correcto casar al primogénito de ambos pero no estaba dispuesta a suceder el trono a otro hijo que no fuera él. Era su derecho de nacimiento y nadie iba a arrebatárselo.
Ella misma se iba a encargar de todo, iba a conseguir que Henry creyera en su palabra y se dejara guiar por su mano.
-No casaré a otro hijo que no sea él.
Henry suspiró llevándose las manos cansadas a la cara. Su amado estaba llegando a los cuarenta años, ya no quedaba mucho del muchacho del que se había enamorado pero sí del hombre con el que se había casado. Su pelo ya comenzaba a dejar ver las primeras canas, se abrían paso entre el pelo negro como el ébano que poseía su Rey. Los ojos azules se habían profundizado en los últimos años, y las ojeras no le habían abandonado desde que había nacido el primero de sus cuatro hijos. No importaban las nuevas arrugas que acariciaban el rostro de su amado, seguía siendo el hombre más hermoso del reino.
–Hellen, piensa bien lo que quieres hacer. Aidan no es apto para el matrimonio.
Aquellas crudas palabras dolieron como un puñal en su pecho, su marido no notó al instante e hizo ademán de abrazarla pero ella se negó. Iba a ser implacable con eso y no iba a permitir un no por respuesta.
–Es mi primogénito, es su derecho de sangre y voy a casarlo y sucederle el trono.
Henry se dio por vencido, era un tema que llevaban arrastrando los últimos meses y la sequía sexual sumada a que no había otro tema en la mesa hicieron que el Rey se rindiera.
–Buscaré unas buenas pretendientas para él. Espero que alguna la acepte.
–Aidan es un hombre hermoso. –riñó Hellen.
Su hijo era un ser maravilloso y odiaba que su padre viera únicamente lo negativo que poseía. Él era mucho más que una maldición.
–Lo sé esposa mía, pero todo el mundo sabe el gran peso que lleva sobre las espaldas. Las mujeres huyen de él cuando se organiza alguna fiesta en palacio. Los vasallos se apartan cuando él pasa cerca.
Eso era doloroso, nadie veía el hijo que ella veía.
–Tendrá una gran mujer a su lado y será un digno rey para este reino. Será tu digno sucesor.
Henry no estaba del todo convencido pero no contradijo a su amada esposa, tampoco es que pudiera conseguir hacerla cambiar de opinión. Solía ser terca como la peor de las mulas y salirse con lo suya cada vez que lo deseaba.
Hellen se atusó el vestido, estaba tan hermosa como cuando la había conocido años atrás. Le dedicó un casto beso en la mejilla y él trató de conseguir sus labios, pero no lo consiguió. Así habían sido las últimas semanas, todo para conseguir que Aidan siguiera siendo el sucesor del trono.
–Un día acabarás conmigo mujer.
–Puede ser.

***

–Lady Hellen, es un placer que nos haya hecho llamar. –Mirabella la saludó al entrar al gran salón del comedor.
La reina dejó que entraran las tres amigas que había convocado. Las tres eran grandes y conocidas brujas de la zona que se hospedaban en su reino desde hacía algunos años. Todas habían huido de los reinos cercanos ya que en ellos eran juzgadas por ser poseídas por el diablo y quemadas en hogueras.
Mirabella encabezaba a la comitiva, ella había sido la primera bruja a la que había dado auxilio. Ya apenas quedaba nada de la joven delgada hasta los huesos que había sido cuando la habían recogido. Sus curvas se habían llenado con carne que la hacían entrañable, de pequeña estatura lo que más le resaltaba era su hermoso y largo cabello castaño. Sin embargo, a pesar de sus adquiridos kilos a lo largo de los años, seguía siendo una de las mujeres más hermosas y sexys que había tenido el gusto de contemplar con el paso de los años.
Iba cargada con botes de cristal que dejó en la mesa más cercana a la reina, luego, se inclinó y le hizo una delicada reverencia.
-Mi señora, debo decir, nuevamente, que es un placer estar en su hogar.
Su educación había sido como la de las grandes damas de la corte.
La siguiente en entrar fue la joven Alice, una morena pequeña y delicada que parecía una dulce flor. Pero como muchas flores ella también poseía espinas, su magia era lo que la hacía fuerte. Era la más joven de las tres brujas, la habían encontrado de niña perdida en el bosque. Suplicando a unos desalmados que no la matasen. Aquellos malhechores no tuvieron piedad con ella, fue golpeada hasta que su magia estalló y, entonces, una jovencísima Hellen la encontró y llevó a palacio. Donde cuidó hasta convertirla en una gran dama.
Alice abrazó a su reina y Hellen tomó aquel gesto de cariño con sumo amor. Era un honor para ella que la amara tanto como ella.
-Mi reina.
-Mi pequeña Alice.  –sonrió.
La bruja fue a por los utensilios que necesitaba para hacer lo que se les había pedido.
Hellen esperó que entrara Morgana, la última bruja, salvo que esta vez también entraron las pequeñas Alexandra y Carolain, ambas hijas de dicha mujer.
Morgana dedicó una mirada a Hellen, tratando de excusarse por la repentina compañía.
–No he podido dejárselas a su padre.
Hellen rio, comprendía perfectamente aquello, tras cuatro hijos sabía que a veces era difícil tener un poco de intimidad para uno mismo.
–Tranquila.
Morgana era una bruja muy sensual, había enamorado a casi todos los hombres solteros del reino. Cuando se casó muchos ahogaron sus penas en alcohol aquella noche. Por desgracia, aquel hombre no había resultado ser el adecuado y ya habían dejado de hacer vida conjunta. Su cabello largo y pelirrojo ya rozaba sus rodillas y la reina se preguntó cuán difícil sería peinarlo.
La más pequeña de sus hijas se acercó a ella y le hizo una muy teatral reverencia, aquello no hizo más que provocarle la risa y la pequeña lo interpretó como un halago y volvió a hacerlo. Carolain era un ser de luz especial que pocas personas tienen el privilegio de conocer. Cuatro años tenía aquella dulce niña de cabellos dorados, la había visto desde que nació y estaba convencida que un día se convertiría en una joven preciosa.
Su hermana Alexandra era mucho menos extrovertida que la pequeña Carolain. Ella entró al comedor cargando con su madre un gran caldero que dejaron en el centro de la sala. Una niña dulce, entrando en una edad donde los chicos del reino comenzaban a fijarse en ella y en sus preciosas mechas azules naturales. Sí, un color que había conseguido gracias a un fallido conjuro de su madre.
–Gracias amigas por acudir a mi llamada.
–No hay nada que agradecer mi señora, lo que nos ha pedido es un gran honor. –sonrió Alice.
Sí, una gran petición. Pero el trono de Aidan lo necesitaba.
–Bien, un conjuro para encontrar una esposa a mi hijo. Necesito que funcione o será relegado de la línea de sucesión. No pienso humillarlo así. –explicó convencida la reina.
Las brujas comenzaron su faena, ellas encendieron el fuego de la gran chimenea y colocaron encima el gran caldero. Las tres trabajaban juntas, sucediéndose la una a la otra en una sincronización perfecta.
–El conjuro debería ser así –comenzó a decir Mirabella tirando al caldero unas hojas de laurel- Por el poder del universo y las fuerzas del amor, ido que encuentres a la persona a la que estas destinado. Pido a la diosa Kiera con los cabellos de oro, la cara mas bella y el amor más puro, te conduzca a tu amor verdadero. Que la señora del placer y las noches de lujuria te lleve a través del tiempo y la memoria hasta ella y poder así caminar en la dicha y el dolor. Que la reina del amor y las pasiones salvajes, te rieguen de bendiciones esta noche y las que te restan de vida y te haga feliz en la compañía de tu amada.
El cántico hizo que la reina se estremeciera de los pies a la cabeza, la magia era algo tan desconocido y peligroso que sintió algo de miedo.
-Mira que estás anticuada Mirabella, el conjuro debe ser diferente, corto, conciso y eficaz. –alegó Alice comenzando con el suyo. - Por el pasado y el futuro, por lo que es de este mundo y de otros, yo invoco a la madre tierra, por el espíritu del viento y la tierra, que su amor verdadero se presente ante él.
Morgana lanzó una rosa al caldero y también contradijo a sus amigas.
–Mi conjuro es mucho más efectivo que los dos anteriores. En frente de mi caldero comienzo a pelar una vieja gallina para poder el hechizo comenzar, unas ancas de rana voy a echar y un pico de pato para que él a otra no pueda mirar. Un mechón de la enamorada tendré que usar y una foto de él que junto al pelo en el caldero se juntaran. Juntos el amor florecerá y nada ni nadie con esta pata de conejo podrá separar.
La combinación de los tres conjuros hizo que el agua turbia del caldero brillara.
–Debe ser fuerte, no dejarse empequeñecer por nadie. –susurró Alexandra dejando que su magia saliera de ella sin que su madre Morgana pudiera evitarlo.
–Y no importará ni tiempo, ni lugar del que venga. –y la pequeña Carolain sentenció el conjuro. El cuál hizo una pequeña explosión y luego una gran brisa de aire propulsó al suelo a todas las mujeres que había en el comedor.
Hellen se levantó, asustada por aquel poder tan fuerte que se había desprendido aquella noche de luna llena. Que el señor la ayudara, esperaba haber hecho lo correcto.
–¡Os dije que no intervinierais! –gritó Morgana a sus hijas.
Ambas miraban al suelo pero ninguna parecía arrepentida, de echo, la pequeña sonreía ampliamente.
–Pero mamá, hemos llamado a una gran mujer. Lo sé. –dijo antes de que su madre les mandara abandonar la sala.
–Mi reina mil disculpas… yo… no sé qué decir. –se disculpó.
–¿Funcionará? –preguntó preocupada.
Las tres brujas se miraron algo indecisas, no habían estado de acuerdo en el conjuro y eso podría conllevar problemas. No sabían si tres conjuros resultarían para lo que habían pedido, ni qué iba a pasar a partir de ese mismo momento.
–Por supuesto señora. Resultará. –Mirabella tomó la mano de la reina tratando de reconfortarla.
–Su hijo tendrá una buena esposa.
Las tres brujas se miraron y se estremecieron.

Eso esperaban, que el conjuro diera resultado.

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17 comentarios:

  1. Me ha encantado y desde ya estoy ansiosa por leer más... Un muy buen comienzo ;)

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  2. Ole!!! Tania genial... Me gusta Helen, y las brujas son interesantes jajajaaa

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  3. Me ha encantado!! Me gusta mucho Helen, y las brujas son geniales

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  4. Que bien a quedado!! Me ha gustado mucho la forma en que la reina cuenta la historia, como un cuento :D

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  5. Quieroooo massss!!!!! Me encanta Morgana y las pekes!!! Ansioss p saber el conjuro de las tres brujas dara resultado o si las peques la liaron!!! Me encantó todooo en siii!!! La historia ya pinta bien desde el prólogo

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  6. ¡Me encanta! Es una pasada chiqui, enganchada estoy jajajaja que ganitas de saber que han conjurado estas tres y las peques...

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  7. Un prólogo y un primer capítulo maravillosos, me ha encantado la reina, toda una señora, deseando saber más :D

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  8. Woouuu!!!!
    Es genial...
    Por favor sige escribiendo...necesito saber qué pasaaaaa..
    Jajajajaja jajajajaja.

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  9. Woouuu!!!!
    Es genial...
    Por favor sige escribiendo...necesito saber qué pasaaaaa..
    Jajajajaja jajajajaja.

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  10. Me ha encantado! Vamos lo que me he podido reír con las brujas (porque además es que me las imagino). Y bueno, Alexandra y Carolain poniendo la puntillita al conjuro. ¡Que bueno!

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  11. Está chulo, veremos que pasa. Jajajajajaj. Pobre Aidan.

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  12. Ay dios mio, me encantan esas niñas que buenas son. que intriga con Aidan que le pasa al pobre. Sigo con el capitulo dos ya-

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  13. Aunque sea tarde he de decir que me encanta esta historia

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Gracias por comentar.