Conquístame si puedes: Capítulo 11

17:32
Capítulo 11:

Lisel sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo, pero pocas normas había cumplido en su vida. Los pasillos en penumbra le hicieron sentirse como en casa, cuando había vivido con su madre en aquella gran casa había disfrutado ocultarse en las sombras para huir de los largos días allí con Carol.
Su madre era una buena madre y había ejercido bien el papel de progenitora pero a veces hacía que todos los de su alrededor necesitasen un respiro. Lisel había disfrutado haciendo de la sombra su amiga y ayudándose de ella para sus escapadas.
El pasillo estaba mortalmente en silencio y eso le hizo sonreír, siempre había imaginado que su casa era un gran castillo y ahora vivía en uno. Caminó unos pasos, esperó a que su vista se acostumbrara a la penumbra y comenzó a pasear.
No quería ojos sobre ella, todos la miraban por lo que era. Susurraban a sus espaldas, todo siempre acababa con el mismo nombre: Aidan. Los rumores se habían vuelto fuertes, todos sabían que ella venía de demasiado lejos, conocían su nombre y el porqué las brujas la habían invocado. Aquello había hecho que comenzara a sentirse incómoda.
Deseaba contemplar ese lugar sin que nadie la señalara con el dedo y si eso se conseguía a altas horas de la noche pues eso iba a hacer. Aquel lugar era hermoso, cada piedra había sido colocada a mano cuidadosamente haciendo un intrincado Castillo que se alzaba glorioso en aquel reino lejano.
Las antorchas del pasillo apenas iluminaban, ya se habían consumido casi por completo y apenas se podía ver algo salvo la luz de la luna que entraba por las ventanas.
No sabía hacia dónde ir o qué visitar primero, se sentía totalmente emocionada y algo temerosa de que la descubrieran.
Acabó el pasillo de sus aposentos y contempló como el pasillo bajaba y se perdía en la oscuridad, allí había la puerta a una habitación que Naylea le había explicado que estaba vacío. Aquel lugar tenía muchísimas salas.
Pronto, el ruido de unas botas la alertaron, debía ser algún soldado montando guardia. Lisel miró a ambos lados y no encontró escondite alguno, aquel hombre se acercaba a dónde ella estaba y no le daba tiempo a correr hacia su habitación a esconderse.
No tenía opción, tomó la puerta que tenía su espalda y trató de abrir, la pesada puerta apenas se abrió. Ya a la desesperada empujó con todas sus fuerzas y consiguió colarse dentro. Empujó aquel armatoste de madera para dejarla cerrada y esperó.
El sonido de las botas se detuvo ante la puerta y Lisel perdió el aliento. No estaba segura de si la habían visto y esperó a que el guardia continuara su paseo.
Golpearon la puerta con los nudillos y sintió que se iba a desmayar. No sabía qué hacer a continuación. ¿Qué harían al encontrarla allí escondida?
–¿Todo bien? –la voz la reconoció al momento: Thorn.
¿Qué hacia allí? ¿Por qué le preguntaba si todo estaba bien? ¿Iba a hacerla salir y avergonzarse por su comportamiento infantil?
–Sí.
Una voz a su espalda hizo que diera un fuerte respingo, giró sobre sus pies y quiso gritar por la sorpresa pero una mano fuerte le tapó la boca.
–¿Seguro? –la voz de Thorn no sonaba convencido.
Entonces, lo vio, ante sí tenía aun hombre gigantesco hombre. Era tan ancho de hombros que imponía únicamente con su presencia. Su olor era agradable, como a lo que huele el bosque tras una lluvia intensa.
–Por supuesto.
Su voz era profunda y ronca. Lisel miró más allá de esos hombros descubiertos y ascendió a su rostro. Poseía unos largos cabellos pelirrojos que descansaban más allá de la base de su cuello. Él era fuerte, misterioso, y tremendamente hermoso.
Lo primero que le llamó la atención fueron los grandes ojos azules que tenía, era como si brillasen con luz propia. Poseía rasgos duros y marcados y unos labios en los que quiso morir, gruesos y ligeramente rojizos.
Era como si acabara de perder el juicio, aquel hombre le parecía demasiado atractivo para la vista. Como sino hubiera contemplado jamás a nadie como él.
Pronto se percató de las enormes cicatrices que lucía aquel cuerpo de pecado, tenía una cerca del ojo derecho, sobre la ceja. Se preguntó cómo se la había podido hacer. Las siguientes eran mucho más grandes y contundentes, en especial la que comenzaba debajo de la mandíbula hasta acabar en el pecho.
Y Lisel comenzó a reparar en un pequeño detalle: él no llevaba ropa. Absolutamente nada salvo unos calzones.
Aquello era preocupante y estaba atrapada.
–De acuerdo, si me necesitas sabes donde encontrarme. –la voz de Thorn le hizo recordar que no estaban solos y miró de reojo a la puerta.
El desconocido chasqueó la lengua y le indicó con un dedo que permaneciera en silencio. Ambos quedaron escuchando como el príncipe Thorn marchaba por el corredor, sus pasos eran firmes y fuertes y pocos segundos después se dejaron de escuchar.
Él se separó de ella a toda velocidad y acabó cerca de la ventana. ¿Por qué Naylea había mentido? Aquel aposento distaba mucho de estar abandonado. La chimenea estaba encendida y había pieles sobre el camastro.
Era buen momento para escapar, de echo, su cuerpo se lo pidió a gritos pero no fue capaz. Quiso saber más.
Tratando de pensar en algo, se recogió un mechón de pelo tras la oreja. La luz de luna acariciaba el cuerpo de aquel hombre, el cuál ya no la miraba. Estaba mirando a través de la ventana como si ella hubiera desaparecido de allí.
Una mancha roja hizo que se fijara mucho más en su cuerpo, y la luna le reveló su secreto. Estaba cubierto de heridas, una de ella realmente significantemente grande. Gimió de horror y corrió hacia él.
–¡Estás herido!
Entonces la miró sorprendido.
–¿Sigues aquí?
¿Esperaba que se hubiera marchado? Aquello la descolocó. Asintió con la cabeza y se agachó para quedar a su altura. Él permaneció sentado, expectante de lo que ella le hiciera.
–Estás perdiendo mucha sangre. –le dijo tocando un poco la herida que tenía en el estómago. Titubeó con cada movimiento. Era tan duro que se sorprendió.
–Vete. –su voz fue un gruñido.
La tomó de la muñeca duramente y la levantó.
–Sal de mis aposentos.
Aquel hombre imponía con su altura pero la realidad era que necesitaba ayuda por muy gruñón que fuera. No sabía quién era pero no podría vivir pensando que no había estado para ayudar a un herido.
–Necesitas ayuda.
–Sé cuidarme solo.
Ella negó con la cabeza.
–Puede que necesites puntos.
–Te repito que se cuidarme solo.
Lisel bufó exasperada.
–¿A ti qué te pasa? Me estaba prestando a ayudarte.
Giró sobre sus talones y marchó hacia la puerta. Antes de poder irse lo escuchó bufar pesadamente y decir:
–Todos suelen obedecer cuando les digo que se marchen.
–Y eso te pone ¿no?
Lo encaró con la mirada, él estaba tan sorprendido como ella de aquella conversación. No sabía porqué estaba tan enfadada pero aquel hombre necesitaba ayuda y no que gruñera a alguien que quería prestársela.
–Todos me temen.
Aquellas palabras sentenciaron la conversación. Lisel comenzó a sospechar sobre la persona que tenía ante sí.
–Y si alguien se presta a ayudarte lo espantas sin más. ¿Quieres que te tema?
–Deberías. –contestó encogiéndose de hombros.
Y lo miró más allá de su cuerpo escultural, sus ojos mostraban pesar, uno del que no podía librarse por mucho que luchara.
–No te tengo miedo.
<<Mentira.>> –se dijo a sí misma Lisel.
Los siguientes segundos no los vio venir, aquel hombre estaba ante ella y no sabía cómo. Había sido tan rápido que apenas había tardado un pestañeo en acorralarla contra la puerta. La tomó por la cintura y la alzó pegada a la puerta unos centímetros. Ella gritó de miedo, su garganta se convirtió en una vil traidora que provocó que aquel hombre sonriera.
Una vez más la levantó, abriendo sus piernas y quedando en medio de ellas, sujetándola con sus fuertes brazos por debajo de su trasero.
–Aidan… –el nombre salió solo, apenas había sido capaz de pensar en algo sensato para huir de aquella situación.
–Así que sabes quien soy.
Su sonrisa era maquiavélica pero terriblemente atractiva.
Había llegado por pura lógica, le temían y en aquellos momentos estaba resultando ser aterrador.
–Y tú eres Lisel.
Las noticias volaban por lo que parecía.
–¿Cómo lo has sabido?
Aidan la miró de arriba abajo señalando sus ropas extrañas para la época, bueno, con ello debía reconocer que llamaba un poquito más la atención que cualquier otra persona del reino. Inconscientemente hizo rodar los ojos provocando una leve risa que hizo que ambos vibraran. Aquel encuentro estaba resultando demasiado intenso.
–No quería conocerte. ­–le escupió rápidamente. Era cierto, ella no quería ni siquiera verle, únicamente volver a casa.
–Demasiado tarde. Te di la oportunidad de huir.
Lisel trató de zafarse de él pero no fue capaz, no le hacía daño en absoluto pero su agarre era contundente.
–¿Me temes ahora?
Ella negó con la cabeza para luego caer rendida ante sus ojos azul cristalinos. ¿Qué pasaba en aquel reino que la gran mayoría poseía los ojos de ese color?
–¿Y qué ves? –inquirió él.
–A un hombre perdido… –ambos fruncieron el ceño pero no rompieron el contacto visual– Te has resignado a estar solo, a que todos te teman. Hasta Thorn lo hace, no cruzó tu puerta y apuesto a que nunca has ido a pedirle ayuda.
Aidan no contestó pero quedó claro que no se equivocaba nada.
–¿Y qué propones? ¿Que simplemente me abra porque te han invocado para mí?
Lisel echó fuera de su cabeza ese pensamiento, no quería recordar aquello en esos momentos.
–Sólo quería ayudarte con tus heridas.
–No lo necesito.
Era tan cabezota que tuvo que reprimir el impulso de golpearle la cabeza.
–Pues simplemente suéltame y me iré.
Él le sostuvo la mirada, era como si dentro de su cuerpo se hubiera declarado un incendio que se reflejaba en sus ojos azules. Sin siquiera pestañear, la bajó lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo.
–No vuelvas a escaparte. Podría ser peligroso.
–¿Lo dices por las bestias?
Aidan asintió, todos conocían la existencia de aquello seres.
–Sé cuidar de mí misma.
–Bien.
Se alejó y fue como volver a respirar, sus pulmones se llenaron de aire y la sangre volvió a circular por sus venas. Aidan lo había paralizado todo, como si su toque la hubiera dejado congelada. Ahora, que lo veía desde cierta distancia, seguía pensando que era un hombre cabezota que necesitaba ayuda.
Lo vio sentarse en el suelo y fue a irse, lo intentó con todas sus fuerzas, hasta sus dedos rozaron el pomo de la puerta. Fue a tirar de ella y suspiró. Era imposible ser más perseverante que ella.
Además ¿pensaba cauterizarse la herida? Eso era de bárbaros.
–Vamos, aguja e hilo y me voy. –dijo caminando hacia él.
–¿No piensas darte por vencida?
Lisel sonrió.
–Mucho me temo que no.
Aidan suspiró con pesar y le señaló un pequeño mueble que había al lado de la cama. Obedeció al instante y lo encontró junto a unos retales de tela viejos. Eso serviría. También, tomó una jarra de agua que había sobre una mesa y la vertió en el plato hondo que había debajo.
–Voy a limpiarte. –le explicó como si lo necesitara para que no se asustara.
Cómico teniendo en cuenta que ella era el que más le temía.
Mojó un retal de tela en aquella agua helada y comenzó a limpiar la herida, ya no sangraba en exceso pero era demasiado profunda. Él no se inmutó demasiado con su toque, únicamente se la quedó mirando mientras ella proseguía con su faena.
Lisel lo miró un par de veces a los ojos antes de seguir con la herida.
–Eso que haces es incómodo.
–Lo sé, pero tú tampoco estás haciendo lo que te he pedido.
Eso era un golpe bajo y lo sabía.
Era el momento de proceder a coser, tenía práctica, de pequeños había cosido a Liam muchas veces después de sus grandes peleas. Su madre trabajaba muchas horas fuera de casa y ambos se cuidaban el uno del otro.
–¿Tienes alcohol? Tal vez te ayude con el dolor. –le comentó ella.
–Hazlo y no te preocupes.
No podía entender cómo estaba tan tranquilo, ella estaba punto de desmayarse y él únicamente parecía divertido con todo aquello. Con el primer pinchazo de la aguja lo vio dar un respingo para luego pasarse la lengua por los labios.
–Eres guerrera.
–Y tú un hombre con suerte. Es un milagro que sigas vivo con tal cantidad de heridas en tu cuerpo.
–Sí… eso debe ser.
Su voz no sonaba convencida pero lo dejó pasar.
Los minutos cosiendo se hicieron eternos, Aidan no se inmutó más pero lo notó molesto. Lisel no supo cómo lo estaba soportando, era demasiado doloroso para hacer como si nada hubiera pasado.
–Ya está.
Él asintió.
–Bien.
–Un gracias no te mataría.
–Lo hiciste porque quisiste no para recibir una aprobación.
Lisel sintió que iba a matarlo allí mismo. De no ser por el estado de sus heridas hubiera cogido una cortina y lo hubiera estrangulado allí mismo.
–Bien, ya nos hemos conocido y no pienso repetir la experiencia. Voy a volver a mi casa y espero que te vaya bien.
Él la miró de una forma que se quedó paralizada, era tan profundo y caliente que sintió que debía abandonar aquella habitación antes de que él la engullera.
–Gracias.
Con la mano derecha comenzó a acariciar torpemente su mejilla y se levantó unos centímetros para tomar su boca, salvo que, antes de llegar se detuvo en seco.
–Témeme. –suplicó Aidan.
–No.
Emitió una especie de bufido y tomó su boca con fuerza. Lisel se sintió colapsar al sentir sus labios sobre los suyos, rápidamente entreabrió los ojos y él la tomó de forma inquisitoria. La saboreó y la tomó como suya propia, haciendo que perdiera el sentido con la realidad. Ella contestó con la misma fuerza y tomándolo por los brazos para no perder el equilibrio.
Fueron segundos fugaces, un momento tan intenso que era difícil de explicar. Únicamente sintió todo lo que estaban dispuestos a darse.
Justo en el momento en que se separaron todo se estropeó, del pecho de Aidan surgió un fuerte gruñido que distaba de ser humano. Eso sí la asustó, sus ojos ya no parecían los mismos de antes. Era como si todo él se hubiera convertido.
–¡Vete! –le gritó con fuerza.
Ella titubeó, estaba en shock en aquellos momentos.
–¡Sal de mis aposentos!
Su voz fue como la mezcla de dos de ellas, una terriblemente peligrosa y otra la humana que había conocido escasos segundos antes. Lisel se levantó y salió a toda prisa de allí.
Un rugido más se escapó de sus labios antes de que cerrara la puerta. Al salir topó a toda velocidad con Naylea. Esta la vio venir y la abrazó desesperadamente, tomó el miedo de Lisel y lo hizo suyo.
Sin darle tiempo para pensar, la hizo andar hasta sus aposentos y allí fue donde se desplomó cayendo sobre sus propias rodillas. Estaba temblando y Naylea volvió a abrazarla.
–Debéis respirar. Todo esto pasará.
Demasiado para digerir.
Su mente estaba colapsada.
Únicamente quería volver a casa y no mirar atrás.

–Liam por favor…–balbuceó antes de dejar caer la cabeza sobre la princesa.

13 comentarios:

  1. Ooohhh que bonito pr favor, me ha encantado chiqui, de verdad.

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  2. Jajaja pobre Lisel se ha acojonado del rugido de Aidan pero al menos ya ha habido contacto.

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  3. Oohhh!!!!
    Por dios..
    Que primer encuentro.
    Jajajajaja.
    Y que susto.

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  4. ohhhh, qué bonito y triste a la vez, me ha encantado!!

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  5. Ohhhh!! Me chiflaaaaaaa! ! Vaya encuentro, genial me encanta que Lisel le plante cara ya era horaaaa

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  6. Que capitulazo!!!! El encuentro ha sido brutal y ese beso, uffffff me tiemblan las piernas.

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  7. Uooooh!!! Pedazo encuentro. Es intenso y muy romántico.
    Me encantó. Y nuestra Nay de donde venía?

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  8. Ooohhh!! Vaya encuentro! Intenso y bonito.

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  9. Bueno... ya se han conocido. Ha sido muy bonito e intenso. Me encanta

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  10. Madre del amor hermoso, qué encuentro!!! Por favor que subida de temperatura!! Me encantó!!!

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  11. Increible! Esta increible! Que tensión entre ellos dos! Sigue así!

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